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Iluminando la oscuridad: entrevista a Kubrick en Playboy

El año de 1968 marcaría por siempre la vida del realizador de cine Stanley Kubrick, quien para ese entonces ya había dirigido filmes como Spartacus, Lolita o Dr. Strangelove. El 6 de abril en el Cinerama Theatre Broadway de Nueva York, se estrenó una de sus más aclamadas películas que lo impulsarían a consolidarse como uno de los mejores directores de su época (y de la historia) el filme 2001: Odisea al espacio.

 

 

En un principio fue calificada por los críticos como “pretenciosa” y con una narrativa bastante “abstracta”, pero las salas abarrotadas, el éxito en taquilla y los espectaculares efectos visuales (que la hicieron acreedora a un Óscar) la convirtieron en un éxito indiscutible.

Por motivo de su reciente estreno, Kubrick concedió una entrevista a la revista Playboy (en aquel entonces nada más y nada menos que Robert Anton Wilson era el editor) en la que habló sobre su visión de la vida, el universo y el hombre.

 

 

En seguida les compartimos un fragmento de la misma:

Playboy: Gracias a esos efectos especiales, 2001 es sin duda la representación más gráfica del vuelo espacial en la historia del cine – y sin embargo admite que se niega a volar, incluso en un jet comercial. ¿Por qué?

 

Kubrick: Supongo que todo se reduce a una asombrosa conciencia de la mortalidad. Nuestra habilidad, a diferencia de otros animales, de conceptualizar nuestra propia muerte crea enorme sufrimiento psíquico; aunque lo admitamos o no, en el pecho de cada hombre hay un pequeño cofre de miedo apuntado a este conocimiento final que carcome su ego y su sentido de propósito.

 

 

Somos afortunados, en cierta forma,  que nuestro cuerpo, y la realización de sus funciones y necesidades, juega un papel tan importante en nuestras vidas; esta concha psíquica crea un amortiguador  entre nosotros y la noción paralizante de que solo algunos años de existencia separan la vida de la muerte.

 

 

Si el hombre realmente se sentara a pensar sobre este inminente desenlace, y su aterradora insignificancia y soledad en el cosmos, seguramente perdería la cabeza […] ¿Por qué debería de molestarse escribiendo una gran sinfonía o luchar para ganarse la vida, incluso amarse entre sí, cuando no es más que un momentáneo microbio en una partícula de polvo girando en la inmensidad del espacio?

 

 

Las grandes religiones […] proveyeron una especie de consolación a este gran dolor; pero mientras los hombres del clero ahora pronuncian la muerte de Dios, “el mar de fe” otra vez se aleja del mundo con un “largo y melancólico aullido”, el hombre no tiene muletas en las que apoyarse […] Este quebranto de nuestro reconocimiento moral es la raíz de muchas más enfermedades mentales de lo que los psiquiatras se dan cuenta.

 

 

Playboy:  ¿Si la vida carece tanto de propósito, sientes que vale la pena vivir?

 

Kubrick: Justamente la falta de sentido de la vida obliga al hombre a crear su propio sentido. Los niños, obviamente, empiezan la vida con un sentido de asombro puro, una capacidad de experimentar alegría total por algo tan sencillo como el verde de una hoja; pero al crecer, la conciencia de la muerte y la decadencia empieza a impregnarse en ellos […] Al madurar un niño ve la muerte y el dolor que lo rodean en todos lados, y empieza a perder fe en la bondad última del hombre.

 

Pero si es razonablemente fuerte –y afortunado– puede surgir de ese crepúsculo del alma a un renacimiento […] Tanto por esta conciencia  del sinsentido de la vida como a pesar de ello, puede forjar una sensación fresca de afirmación y propósito. Tal vez no vuelva a capturar la misma pureza sensorial de asombro con la que nació, pero puede dar forma a algo más duradero y sostenible.  

 

 

El hecho más terrorífico del universo no es que éste sea hostil e indiferente; sino que si podemos reconciliarnos con esta indiferencia y aceptar el desafío de la vida dentro de la frontera de la muerte –no importa cuán mutable el hombre pueda hacerlos — nuestra existencia como especie puede alcanzar genuino significado y realización.

No obstante lo vasto de la oscuridad, debemos de proveer nuestra propia luz.